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República de Sombras · Documentos de acceso restringido
Desde que tengo recuerdo quise ser reportero de guerra. Luego me faltó el valor, y la vida muelle me llevó por otros lados. Pero recuerdo devorar Informe Semanal con devoción, leer La Tribu como si fuera una biblia, y que quedara en mí grabada a fuego una admiración que a día de hoy mantengo viva por el oficio de informar desde el centro de un conflicto.
Con motivo de la celebración de Gernika 37/87 leí una reproducción del artículo The Tragedy of Guernica de George Steer, e inmediatamente quedé enganchado al personaje. Conseguí una edición de El árbol de Gernika de la editorial Felmar, en la que el reportero despliega toda su visión personal —y crítica con el bando nacional— de la guerra en el norte.
Una de las cosas que me llamaron entonces la atención fue el diferente tratamiento que The Times de Londres dio al artículo de Steer respecto al New York Times; mientras que este pasó la nota a primera página, aquél la metió en una discreta página 17.
Nicholas Rankin, biógrafo de Steer, sostiene que The Times no veía con agrado el tono antifascista de sus crónicas; además, se cita que el director Geoffrey Dawson, en el contexto de la política de apaciguamiento, presumió de haber evitado "herir las susceptibilidades" alemanas.
Pero, y lo recuerdo perfectamente, una mañana de junio, pedaleando frente a la playa de Ereaga, apareció un "y si sí" encadenado:
Y si The Times también lo hubiera llevado a primera página, y si la presión mediática en la Europa de las democracias hubiera sido tal que León Blum tomara partido por levantar la política de no intervención y eso hubiera hecho acabar, incluso, con Gran Bretaña "mirando a otro lado"… el comienzo de una entrada masiva de armas y recursos para el gobierno de la República…
Y ahí se quedó. Durante años ahí se quedó.
Hasta ahora.
Por eso, porque el detonante de todo este universo de personajes y hechos en una España improbable pero factible tiene que ver con Steer, me he atrevido a ficcionar la historia de aquel momento y tratar de entender la visión del reportero idealista, que además acaba de sufrir una pérdida personal devastadora.
Aquí te dejo el punto exacto en que se mezclan la historia y la ucronía en República de Sombras.
I.
El comedor del Hotel Torrontegui olía a bacalao. Buena señal, según Monks: cuando los hoteles todavía olían a comida, la ciudad aguantaba.
Noel Monks contaba por tercera vez la historia del francotirador de Ochandiano. George Steer lo escuchaba a medias, mojando pan en la salsa, mirando la vela que se consumía en el centro de la mesa. Monks era australiano y hablaba de matar con la misma naturalidad con que pedía otra botella. Tres semanas en el frente norte hacían eso.
—Le voló la cabeza con un viejo Máuser oxidado. El hijo de puta no dejaba de saltar y bailar de alegría por la baja...
Christopher Holme, de Reuters, asentía sin escuchar. Mathieu Corman, del Ce Soir, garabateaba algo en una servilleta.
Steer bebió vino y pensó que hacía tres meses que no dormía bien.
No era el frente. El frente lo conocía. Dormir en trincheras, en camiones, en el asiento trasero de coches con el cuero pegado a la piel por el sudor.
Lo que no sabía era qué hacer con el silencio nocturno en los hoteles, porque en las habitaciones de hotel con camas de verdad el silencio se llenaba de recuerdos.
Tres meses. Había llegado a tiempo para enterrarla, pero no para despedirse. Regresó a España porque contar guerras era lo único que sabía hacer cuando no sabía qué hacer.
—¿Steer?
Levantó la vista. Monks lo miraba con gesto plácido.
—¿Qué?
—Que si crees que repetirán. Lo de Durango.
Durango. El treinta y uno de marzo. Steer llegó horas después del bombardeo, cuando todavía sacaban cuerpos de los escombros de Santa María. Había visto a una mujer arrodillada junto a algo que podría haber sido su hija. Escribió mil quinientas palabras y las despachó a Londres.
The Times las había publicado en la página seis.
—Repetirán —dijo—. Es lo que hacen.
Monks iba a responder algo cuando el camarero se acercó. No traía vino, pero sí una palidez cadavérica en el rostro.
—Señores. —El camarero habló en voz baja, como si no quisiera que lo oyeran desde otras mesas—. Gernika. Dicen que Gernika está ardiendo.
El silencio duró dos segundos. Quizá tres.
Después todos se levantaron a la vez. Steer apuró el vino, dejó la servilleta junto al plato y se puso en pie.
Gernika ardía.
II.
El Ford de Holme tenía el motor de un hombre enfermo: tosía en las cuestas y pedía clemencia en las curvas. Iban los cuatro apretados, Holme al volante, Monks de copiloto, Steer y Corman atrás. Nadie hablaba.
Todos miraban el norte.
Sobre las montañas, el horizonte era rojo. No el rojo del atardecer —el sol llevaba una hora muerto— sino un rojo sucio y palpitante, como el interior de algo vivo.
—Dios santo —murmuró Corman.
El francés no hablaba mucho, pero cuando lo hacía solía acertar.
Salieron de Bilbao por la carretera de Bermeo y enseguida empezaron a cruzarse con los que huían. Primero coches, dos o tres, con los faros apagados. Después carros de bueyes cargados de colchones, de cazuelas, de niños dormidos. Las familias caminaban junto a los animales en silencio.
Holme aminoró.
—Toca el claxon —dijo Monks.
—No.
Monks no insistió. Hasta en la guerra hay cosas que no se hacen. Punto.
Avanzaron despacio, sorteando familias con lo puesto. Steer miraba las caras a la luz de los faros. Campesinos. Mujeres con críos en brazos. Viejos que caminaban mirando al suelo.
Una mujer golpeó la ventanilla. Steer la bajó.
—Nora zoaz? —preguntó ella.
—Gernikara.
La mujer lo miró un momento. Después se santiguó y siguió andando.
El olor llegó antes que la visión. Denso, dulzón, pegado a la garganta. Holme detuvo el coche donde la carretera se abría sobre el valle.
Gernika ardía desde docenas de puntos a la vez. Edificios enteros convertidos en antorchas, el fuego saltando de tejado en tejado, el reflejo en las nubes bajo visible a kilómetros. El rugido llegaba hasta ellos como algo físico.
Monks ya tenía la libreta en la mano.
—Notas, testigos, y de vuelta a Bilbao antes de que cierren los telégrafos.
Steer no respondió. Miraba algo en la cuneta. Un zapato de niño. Solo uno. Negro, con la hebilla arrancada.
—¿Steer?
—Te he oído.
Entraron de nuevo en el coche.
III.
Las calles de Gernika ya no eran calles. Eran ríos de cascotes entre paredes que se negaban a caer.
Monks iba delante con un pañuelo atado a la cara. Holme y Corman se habían separado hacia el norte. Habían quedado en encontrarse en una hora junto a Santa María.
Steer caminaba despacio, pisando escombros que todavía humeaban, mirándolo todo. No tomaba notas. Todavía no. Primero había que ver.
—Aquí —llamó Monks.
Era un cráter de tres metros junto a lo que había sido una ferretería. En el fondo, metal retorcido todavía caliente. Monks lo miró con ojo profesional.
—Quinientos kilos por lo menos.
Steer se agachó junto al borde. Buscó marcas, inscripciones. Nada legible. Se incorporó y siguió caminando.
—Necesito las carcasas de las incendiarias —dijo.
—¿Para qué? Bombas son bombas.
Steer no respondió.
Encontró a la primera superviviente junto a lo que había sido una fuente. Una mujer de unos cuarenta años, sentada en el suelo con la espalda contra un muro ennegrecido. Cara manchada de hollín. La mirada en ningún sitio.
Se arrodilló junto a ella.
—Señora. ¿Puede contarme qué pasó?
La mujer habló. No en castellano ni en euskera, sino en algo intermedio, un murmullo entrecortado. Habló de las cuatro y media. Del día de mercado. De cómo el cielo se llenó de aviones cuando la plaza estaba más llena. De las primeras bombas, cerca de la estación. De la gente corriendo hacia los refugios. De los cazas bajando en picado sobre los que corrían.
—Pasaban tan bajo —dijo— que podía ver la cara de los pilotos.
Steer escribía sin levantar la vista.
—Su hermana —dijo la mujer—. Vivía en la calle Don Tello. Salió a buscar a sus hijos cuando empezó.
Esperó. La mujer no añadió nada. Las lágrimas abrieron surcos blancos en sus mejillas tiznadas.
Monks apareció a su lado.
—Steer. Holme y Corman ya están volviendo. Hay que irse.
—Adelantaos.
—La oficina de telégrafos abre a las seis. Si no enviamos en cuanto abra...
—Enviad vosotros.
Monks lo miró.
—Más tarde de las diez esto será una noticia vieja.
Steer pensó en las mil quinientas palabras de Durango. En la página seis. En cómo el mundo había seguido girando sin enterarse de que doscientas personas habían muerto en día de mercado.
—No quiero la primicia —dijo—. Quiero saber qué pasó aquí.
Monks se quedó un momento mirándolo. Después negó con la cabeza y se marchó. Steer oyó sus pasos alejarse entre los escombros y después nada. Solo el crepitar del fuego y, de vez en cuando, el estruendo sordo de un muro que cedía.
Se quedó solo.
Pasó las horas siguientes moviéndose entre las ruinas. Habló con un cura que había organizado la evacuación de Santa María. Con un gudari herido que había esperado en un sótano mientras caían las bombas. Con una anciana que no entendía por qué seguía viva.
Cada testimonio era el mismo y distinto. Los mismos aviones. Las mismas bombas. El mismo orden: primero las explosivas, después las incendiarias, para quemar lo que quedaba en pie. Steer anotaba cada detalle, cada contradicción, cada certeza.
A las dos de la madrugada encontró lo que buscaba.
Estaba en un solar junto a la estación, medio enterrada entre cascotes. Una carcasa de aluminio, del tamaño de un antebrazo. La recogió con cuidado —todavía estaba caliente— y la acercó a la luz de un edificio en llamas.
La inscripción estaba grabada en el metal: Rheindorf, 1936.
Alemanas.
La guardó en el bolsillo del abrigo. Siguió buscando. En la hora siguiente encontró otras dos, con la misma inscripción.
Antes del amanecer caminó hasta las afueras. La fábrica de armas Astra-Unceta estaba al sur, junto a la carretera. Un edificio largo de ladrillo rojo con chimeneas industriales.
Intacta. Ni una bomba. Ni un cristal roto.
Siguió caminando hacia el norte. El puente de Rentería cruzaba la ría a la entrada de la ciudad. Si el objetivo era cortar la retirada del ejército vasco, el puente tendría que estar destruido.
No lo estaba.
Steer se quedó de pie en mitad del puente, mirando la ciudad que ardía al otro lado. Pensó en la mujer junto a la fuente. En su hermana que había salido a buscar a sus hijos.
Pensó en Margarita. En su hijo nonato. En que no quedaba nadie esperándolo en ningún sitio.
Sacó la libreta y escribió una sola frase:
La fábrica intacta. El puente intacto. Solo murió el pueblo.
Cerró la libreta y empezó a caminar de vuelta a Bilbao.
IV.
No llegó.
A mitad de camino se sentó en una piedra junto a un caserío abandonado y quedó dormido sin querer. De puro agotamiento. Cuando despertó, el sol ya estaba alto y le dolía todo el cuerpo.
Se levantó, sacudió el abrigo y comprobó que la carcasa seguía en el bolsillo. Después miró hacia el norte.
La columna de humo se alzaba aún sobre el valle. Gernika seguía ardiendo.
Tenía que volver.
Para ver con luz lo que la noche había ocultado. Para medir cráteres, contar edificios destruidos, calcular la escala.
Encontró un camión militar que iba hacia Gernika con suministros para los bomberos. El conductor, un gudari joven con la cara arrugada, no hizo preguntas. No hablaron en todo el trayecto.
A la luz del día, Gernika era peor.
Por la noche el fuego lo había dominado todo, convertía cada calle en un laberinto de sombras y resplandores. Pero ahora, con el sol iluminando los escombros, podía ver lo que realmente había pasado. Las fachadas de los edificios se alzaban como decorados de teatro, huecas por dentro, los pisos derrumbados, las ventanas abiertas al vacío. De vez en cuando una pared cedía sin aviso, levantando una nube de polvo y ceniza que tardaba minutos en asentarse.
Steer sacó la cinta métrica.
Siete metros y medio de diámetro. Cuatro de profundidad. Anotó las medidas y siguió. Otro cráter. Y otro. Midió todos los que encontró.
En la plaza del mercado no quedaba nada. Solo un solar de escombros ennegrecidos y, en el centro, el armazón calcinado de un carro de bueyes.
Encontró al padre Arostegui junto a Santa María. El cura estaba de pie entre los bancos chamuscados, mirando el agujero que una incendiaria había abierto en el techo. Tenía los ojos enrojecidos.
—El roble está intacto —dijo sin volverse—. Y la Casa de Juntas.
—¿Por qué cree que los respetaron?
El cura encogió los hombros. Tardó un momento en responder.
—Tal vez querían que viéramos lo que pueden hacer y que supiéramos que la próxima vez no habrá roble ni Casa de Juntas ni nada.
Steer anotó sus palabras.
—¿Cuántos muertos, padre?
—No lo sé. Cientos.
—¿Había tropas en la ciudad?
—Algunos gudaris de permiso. Nada más.
—¿Y la fábrica?
El cura esbozó algo que pudo intentar ser una sonrisa.
—Ni un cristal roto. Si querían destruirla, han tenido muy mala puntería.
Steer cerró la libreta.
V.
La habitación parecía más grande de lo que era. Steer se sentó frente a la Underwood y se quedó mirando el papel en blanco, también parecía más grande, y hasta casi amenazador.
Tenía tres libretas llenas. Tenía la carcasa sobre la mesilla, el aluminio abollado reflejando la luz de la lámpara. Tenía todo lo que necesitaba.
Las palabras no venían.
Se levantó, se sirvió un dedo de whisky y se acercó a la ventana. Bilbao dormía bajo un cielo sin estrellas. Hacia el norte, sobre las montañas, quedaba un resplandor anaranjado que pulsaba despacio.
Pensó en algo que ella le había dicho una vez, en Addis Abeba, mientras los aviones italianos pasaban sobre sus cabezas camino de alguna aldea.
Escribes como si creyeras que las palabras pueden cambiar algo.
Y él había respondido: ¿Y si no lo creyera, para qué escribir?
Ella se había reído. Una risa corta, sin respuesta.
Apuró el whisky y volvió a la máquina.
Empezó a escribir.
Se detuvo. Leyó la primera frase. La ciudad más antigua de los vascos. El centro de su tradición cultural. Eso era lo que habían destruido. No un objetivo militar. No una posición estratégica.
Siguió.
Las horas pasaron. El cenicero se llenó de colillas. La botella bajó hasta la mitad. Cada palabra tenía que ser exacta. Cada dato, irrefutable. Los cráteres medidos. La fábrica intacta. El puente intacto. Las carcasas con la inscripción grabada. No podía dejar ningún hueco por el que se colara la mentira.
Terminó al amanecer.
Lo leyó una vez. Lo leyó otra. Después se puso el abrigo, metió las hojas en el bolsillo interior y salió a la calle.
La oficina de telégrafos estaba en la calle Hurtado de Amézaga. Llegó cuando abrían. El empleado contó las palabras, silbó por lo bajo y preguntó si quería enviarlo a Londres y a Nueva York.
—Londres y Nueva York.
Mientras el hombre tecleaba, Steer apretó en el bolsillo la carcasa de aluminio. Las aristas del metal abollado contra la palma.
Salió cuando el sol ya estaba sobre los tejados. Caminó hasta el puerto y se sentó en un banco frente a la ría. Los barcos se mecían en el agua gris. Estaba agotado. Le temblaban las manos.
El telegrama viajaba ya bajo el Atlántico. Mil doscientas palabras en manos de un editor que decidiría si el mundo iba a saber lo que había pasado en Gernika. Quizá Dawson lo enterrara en la página seis, como Durango. Quizá todo esto no sirviera para nada.
Pensó en ella. En lo que había dicho sobre las palabras.
Quizá tenía razón. Quizá no. Él no lo sabía, y ella ya no estaba para decírselo.
Se quedó sentado mirando el agua hasta que una suave llovizna le obligó a levantarse.
© República de Sombras · Archivos Restringidos
Hay periodistas que cubren la guerra y periodistas que la entienden. George Lowther Steer pertenecía a la segunda categoría, y eso le costó casi todo: la expulsión de dos países, un puesto en la lista negra de la Gestapo, y una vida entera consumida a velocidad de emergencia. Murió a los treinta y cinco años en una carretera de Bengala, la noche de Navidad de 1944, conduciendo quizás demasiado rápido y con demasiado whisky encima, como si incluso al final le importara más llegar que conservarse.
Nació en 1909 en East London, provincia de El Cabo, en el extremo sur de África. Su padre era propietario del Daily Dispatch, el periódico local, de modo que el oficio le venía de cuna. Estudió con beca en Winchester y luego en Oxford, donde se licenció en lenguas clásicas y modernas. Volvió a Sudáfrica para trabajar en el Argus de El Cabo —secciones de deportes y sucesos, el aprendizaje inevitable de todo periodista— y regresó después a Inglaterra para ejercer como crítico teatral en el Yorkshire Post. No era exactamente lo que buscaba.
Lo que buscaba era el mundo, y el mundo en los años treinta tenía la costumbre de estallar.
En 1935, convencido de que Italia iba a invadir Etiopía antes de que nadie lo admitiera oficialmente, consiguió que The Times lo enviara a Addis Abeba como corresponsal. Llegó con el tiempo justo para aprender amhárico, entrevistar al emperador Haile Selassie —algo que hasta entonces nadie había logrado— y documentar lo que muy pronto se convertiría en el primer ensayo general del fascismo europeo: los bombardeos con gas mostaza sobre población civil, las columnas de refugiados, la destrucción sistemática de un país que apenas había comenzado a existir como nación moderna. Escribió sobre todo ello con la precisión de alguien que tomaba notas mientras el mundo ardía y la indignación de alguien que no se resignaba a que esas notas sirvieran de nada.
En Addis Abeba conoció también a Margarita Trinidad de Herrero y Hasset, corresponsal de un periódico francés, de padre español y madre británica. Se casaron en mayo de 1936, mientras los tanques italianos ya rodaban por las calles de la capital etíope. La ceremonia tuvo lugar en la Legación Británica, con disparos como fondo sonoro. Steer lo describió con la ironía que usaba para no derrumbarse: «Mademoiselle Margarita de Herrero arruinó parte del jardín de la Legación. El coronel Stordy intentó hacer pan. Y yo me casé». Luego, añadía, se emborrachó.
Semanas después, expulsado por los italianos bajo acusación de espionaje y propaganda antifascista, volvió a Europa. El libro que escribió sobre Etiopía, César en Abisinia, publicado en 1936, fue su primera declaración pública de principios: no era un periodista neutral y no iba a fingir serlo.
El comienzo de la Guerra Civil española lo llevó al norte de España. Sin embargo, su primera estancia en Bilbao apenas llegó a los seis días, porque su esposa Margarita se puso inesperadamente de parto y tanto ella como el bebé fallecieron. Era el 29 de enero de 1937. A ella está dedicado El árbol de Gernika con una sola frase: «A Margarita, que la muerte me arrebató».
Regresó a España porque contar guerras era lo único que sabía hacer cuando no sabía qué hacer con el dolor.
El 26 de abril de 1937, Steer cenaba con otros corresponsales en el Hotel Torrontegui de Bilbao cuando llegó la noticia: Gernika ardía. Junto a Noel Monks del Daily Express, Christopher Holme de Reuters y Mathieu Corman del Ce Soir, tomó un coche y se dirigió al norte. Sobre las montañas, el horizonte era rojo.
Lo que distinguió a Steer de los demás no fue llegar antes. Fue quedarse más tiempo. Mientras el resto de los periodistas volvieron rápidamente a Bilbao para mandar una crónica de urgencia, Steer se quedó hablando con testigos y recogiendo restos de las bombas incendiarias. Esperó a la mañana siguiente para regresar a la villa bombardeada a ver la tragedia a la luz del día. Midió los cráteres con una cinta métrica. Buscó inscripciones en las carcasas de aluminio. Las encontró: Rheindorf, 1936. Alemanas. Comprobó que la fábrica de armas Astra-Unceta, al sur de la ciudad, estaba intacta. Y que el puente también lo estaba.
No era una operación militar. Era un mensaje.
La crónica que envió a Londres el 28 de abril de 1937 se convirtió en el documento periodístico más debatido de la Guerra Civil española. Fue primera plana de The Times y del New York Times, conmocionó a la opinión pública mundial al revelar la participación del nazismo en el ataque, sirvió de inspiración a Picasso para su obra más célebre, y le valió a Steer un puesto en la lista negra de la Gestapo.
La primera frase de aquella crónica ha pasado a los manuales: Guernica, the most ancient town of the Basques and the centre of their cultural tradition, was completely destroyed yesterday afternoon by insurgent air raiders. No hay adjetivos innecesarios. No hay énfasis. Solo el hecho, enunciado con la frialdad de quien sabe que la realidad, contada con exactitud, es más demoledora que cualquier retórica.
En los meses siguientes, mientras Bilbao caía y el frente norte se desmoronaba, Steer permaneció en Vizcaya hasta el final. Tenía amistad personal con el lehendakari Aguirre y acceso a las deliberaciones del Gobierno Vasco en el hotel Carlton; algunos historiadores han sugerido que actuaba también como enlace informal entre el ejecutivo vasco y el gobierno británico. Cuando Bilbao cayó en junio del 37, se trasladó a París y escribió El árbol de Gernika casi de un tirón, como quien necesita fijar en papel lo que de otro modo sería insoportable recordar.
La Segunda Guerra Mundial lo encontró en Sudáfrica durante su luna de miel con su segunda esposa, Esmé. Volvió a Europa para cubrir la guerra de Invierno ruso-finlandesa, y al ver las ruinas de Vyborg escribió que el único lugar donde había visto una destrucción comparable era Guernica. Después se alistó en los servicios de inteligencia y propaganda británicos, ascendió hasta teniente coronel y acompañó al general Wingate en la campaña de Birmania.
Encontró la muerte en un accidente de carretera el día de Navidad de 1944, cuando se dirigía a jugar un partido de cricket. Entre sus pertenencias hallaron un reloj de oro, regalo del lehendakari Aguirre, con la inscripción «a Steer de la república vasca». Tenía treinta y cinco años. Dejaba esposa y dos hijos.
Había vivido la cantidad de vidas que otros no alcanzan en el doble de tiempo: Etiopía, España, Finlandia, Libia, Egipto, Madagascar, Birmania. Ocho libros. Dos guerras mundiales. Una pérdida devastadora y la capacidad, a pesar de todo, de seguir mirando hacia donde más dolía.
En Gernika hay una calle con su nombre. En Bilbao, otra.
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Estamos preparando nuevos archivos — relatos del universo, el mapa de la ucronia y adelantos del próximo volumen.
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